1.- Introduction

The territory has always been a determining factor in the formation of the identity of nations, communities and different places. But today the question that arises is whether in a globalized world it is possible to continue talking about territorial identity.

As argued Michael Hough, founder of the landscape architecture program at the University of Toronto:

The visual nature of the pre-industrial landscapes was formed by the need. There was no other alternative than to accept the limitations imposed by nature, culture and technology. The differences between one place and another, the feeling of belonging or rooting to a particular location has been accepted since there were no other alternatives. (…) The lack of alternatives forced the recognition of the regional imperatives.

In other times, contextual constraints helped determine the identity of a territory, the population that lived in it and consequently the constructions that human beings built in those places.

At the moment, these obstacles no longer exist, we can import any physical or cultural thing from anywhere in the world and apply it to a totally different area. Even more, thanks to the technological evolution we can even change the sound of this territory to make it look like anywhere else. It is a fact that we can see continuously in our surroundings, in the architecture, in the policies of management of the territory, in the urbanism and to the own culture. These factors are no longer determined by the limitations of the nearest environment, but not by the needs imposed by a global culture.

In principle this should not be a problem, the territory is not immovable, and throughout history it has been changing due to both natural factors and human activity. But before these transformations responded to a necessity, and were delimited by the own exigencies of the place where they took place.

The problem appears when these transformations are made without taking into account the territory where they occur, nor the impact they may have on it. If we add a standardization to the models of construction, materials and architectural designs, what we find is that the identity of each territory has been blurry. The differences between the urbanizations of a certain territory and those of another very remote and different have become virtually imperceptible. The same applies to industrial estates or leisure areas, among others.

It is what Urban Geogra’s professor at Urban of the UAB calls urbanization.

2.- Panorama

As has already been said, all these rapid transformations, implemented without the necessary planning and without assessing the landscape and environmental impact, have caused a great loss of the identity of the territory.

It is necessary to create a collective consciousness on this subject since the landscape and the territory are factors

determinants in our identity as a society.

The problem is that most of these changes go unnoticed by much of the population.

We have to take into account that the landscape is a cultural construction, it is our brain that creates landscapes by observing territories, and if our mind is not able to accept and incorporate these transformations of the territory, we do not have the conception of this degradation of the different locations.

This is what Joan Nogué, director of the Catalan Landscape Observatory, called the invisibility of the territory: “We only see those landscapes that we want to see, those that respond to our traditional idea of ​​landscape.”

If we are not able to see these transformations, we can not assess the impact they have or the suitability of performing them in a specific place.

That is why I think that it is more necessary than ever to give all possible visibility to this issue; it is necessary to make the greatest possible public disclosure about the problems of loss of landscape identity. Focus on the transformations of the territory.

Many photographic and artistic projects have been made on this subject, and academic studies are regularly analyzed analyzing the situation and warning about the problem. But these works usually do not have any kind of impact beyond the academic or artistic world. The vast majority of society does not receive the information and is not aware of this problem.

That is why I have decided to promote a platform to give more visibility to all these projects that can help to understand the situation. Clearly, if we want to reach a broad spectrum of population, we must make this disclosure very visually and comprehensibly, we can not expect people to read a 200-page book on this subject, but if we can get more simple and concentrated articles talking of it. And so does the artistic projects.

This is how the idea of Panorama, a web platform, is born, which brings together visual and academic works in a very attractive way for the viewer. Where people with diverse interests can see and understand the problem of the identity of the territory, and why not, participate actively in this disclosure.

3.- Colophon

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Joan Nogué Territorios sin discurso, paisajes sin imaginario. 1/3

La investigación sobre el proceso de creación histórica de los valores patrimoniales y simbólicos que hoy reconocemos en muchos paisajes no sólo es imprescindible, sino apasionante. Entender los factores que incidieron en este proceso y las modalidades del mismo se ha revelado como un conocimiento fundamental no sólo en el ámbito de la investigación humanística, sino también para una adecuada orientación de las recientes políticas de protección, gestión y ordenación del paisaje que se están dando en el contexto europeo. Sin embargo, en el texto que sigue a continuación voy a situarme en otro plano y en otra perspectiva. Me pregunto qué pasa con aquellos paisajes que han perdido todo su valor simbólico y patrimonial.  

¿Qué hacer, desde el punto de vista simbólico y patrimonial, con los paisajes de los territorios fuertemente transformados, de los territorios densos, rotos, sin valores aparentes? Me refiero sobre todo, aunque no sólo, a los paisajes de los entornos urbanos y metropolitanos sometidos a fuertes presiones urbanísticas y a los paisajes originados por el turismo de masas que se inicia en nuestro país a partir de la década de 1960, por poner dos ejemplos. Estoy pensando, por tanto, en los territorios y en los paisajes que han perdido o cambiado radicalmente y en muy poco tiempo su discurso y su imaginario. He ahí lo que yo he calificado de territorios sin discurso y de paisajes sin imaginario. 

La dispersión del espacio construido, la urbanización diseminada sin pautas ni control, el crecimiento urbanístico desvinculado de los asentamientos urbanos tradicionales, la explosión de la ciudad (es decir, la metropolización del territorio), junto con la implantación de infraestructuras de todo tipo (algunas de ellas muy pesadas, muy duras), han provocado en muy poco tiempo una intensa fragmentación territorial y una radical transformación paisajística que ha cuestionado en profundidad la identidad de muchos lugares; proceso agravado, dicho sea de paso, por una cierta homogeneización y banalización urbanística y arquitectónica, sobre todo en los espacios suburbanos, periféricos, de transición, en los que, efectivamente, es inevitable detectar un punto de sordidez, de desorden y de desconcierto. 

El diagnóstico es claro y las causas y las consecuencias conocidas, por lo que no incidiré más en ello. Voy a limitarme en las páginas que siguen a señalar los retos conceptuales y metodológicos que la situación descrita nos plantea, retos que, a mi entender, son nuevos, porque la situación también es nueva: nunca habíamos sido capaces de consumir tanto territorio en tan pocos años (en el caso de la región metropolitana de Barcelona, en treinta años se ha consumido tanto territorio como en toda la historia precedente); nunca habíamos transformado el territorio a la velocidad en que lo hemos hecho estos últimos decenios; nunca habíamos estado tan interconectados con el resto del mundo y, en consecuencia, nunca habíamos recibido y com- partido tantos elementos identitarios. He ahí, en definitiva, una situación nueva, que genera unos territorios y unos paisajes insólitos hasta el momento y que nos enfrenta a nuevos retos conceptuales y metodológicos. Seis serán los retos que plantearé a continuación: los de la globalización, hibridación, efimeralidad, legibilidad, invisibilidad y representación. No son los únicos, ciertamente, pero sí algunos de los más significativos. Vamos por el primero, el de la globalización. 

I – EL PESO DE LA GLOBALIZACIÓN 

El paisaje ha tenido y sigue teniendo un papel relevante en el proceso de formación, consolidación y mantenimiento de identidades territoriales (NOGUÉ, 2005 y 2006). Esta afirmación no se aleja demasiado del mensaje de fondo que filtra la vieja trilogía paisaje-cultura-región, tan presente en los estudios geográficos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En la tradición geográfica vidaliana el paisaje es la fisonomía característica que nos revela una porción del espacio concreta (una región) y la distingue de otras regiones. Es en la región donde cristalizan las relaciones sociedad-naturaleza y ello otorga a la misma un carácter distintivo que la hará única e irrepetible y que se materializará y visualizará a través del paisaje. Esta vieja trilogía paisaje-cultura-región también se hará presente en la geografía norteamericana de la primera mitad del siglo XX, inspirada en la obra de Carl O. Sauer. Y, en el fondo, también se manifiesta en la geografía fenomenológica de las décadas de 1970 y 1980. Las perspectivas fenomenológicas en geografía, también en arquitectura: en la obra, por ejemplo, de Christian NORBERG-SCHULZ (1980) o de Christopher ALEXANDER (1979), profundizan en esta línea, salvando todas las distancias metodológicas y contextuales que uno quiera. Geógrafos como David SEAMON (1993) o Edward RELPH (1976) buscan la esencia del paisaje, su supuesto carácter, también (aunque no sólo) a través de la asociación paisaje-cultura-región, expresada ahora con otros términos, como los de paisaje-identidad-lugar.

Ésta es, grosso modo, la tradición académica e intelectual que ha mantenido viva hasta hoy la firme convicción de que el paisaje ha tenido siempre un papel relevante en la formación, consolidación y mantenimiento de identidades territoriales; tradición que ha te- nido su correspondiente traducción, su contrapartida, en algunos ámbitos intelectuales, e incluso políticos. Ahora bien, ¿podemos seguir manteniendo aún hoy la vieja trilogía paisaje-cultura-región en todos los rincones del territorio y en un contexto de globalización acelerada como el que tenemos encima? Debemos preguntarnos seriamente si las dinámicas territoriales contemporáneas no ponen en duda y cuestionan el sentido que hasta ahora habíamos dado a conceptos como lugar y, aún más, a asociaciones como identidad=lugar=paisaje. Es lícito y necesario preguntarse cómo y de qué manera, en un contexto de globalización galopante, las interconexiones entre las fuerzas globales y las particularidades locales alteran las relaciones entre identidad, significado y lugar. 

Efectivamente, hay que reconocer que los lugares (y sus paisajes) han recibido sin duda el impacto de las telecomunicaciones, de la mayor velocidad de los sistemas de transporte, de la mundialización de los mercados, de la estandarización de las modas, de los productos, de los hábitos de consumo. La identidad de los lugares tradicionales, basada en una «cultura territorializada», en un paisaje identitario, se ha visto, en efecto, trastocada, pero no aniquilada. Con esto quiero decir que los lugares (y sus paisajes) no han desaparecido, a diferencia de lo que creen Marc Augé y otros. Han aparecido «no-lugares» (AUGÉ, 1998), pero no se ha perdido el sentido de lugar. A pesar de la creciente homogeneidad de la producción cultural internacional, aún hay muchos y distintos espacios que expresan sentimientos de comunidad, sentimientos de identidad, en definitiva. Las ideas y las imágenes producidas y comercializadas globalmente son percibidas y utilizadas de manera diferente por los seres humanos en diferentes puntos del planeta y al mismo tiempo. No sabemos exactamente porqué esto es así, pero lo cierto es que los seres humanos siguen creando lugares en el espacio y los siguen impregnando de significados: las sociedades contemporáneas, a pesar de todo, redescubren, reivindican, reinventan lugares y paisajes. 

Se hace difícil entender los nuevos territorios, los paisajes sometidos a intensas transformaciones a los que hace referencia este artículo, si no entendemos antes cómo se han visto afectados por los actuales procesos de globalización, en el marco de la inesperada e imprevista tensión dialéctica entre lo local y lo global. Entender la globalización desde un punto de vista territorial implica entender que los lugares siguen siendo lugares, pero no de la misma manera. Éste es el gran reto que nos plantea la globalización en cualquier parte, pero muy especialmente en aquellos territorios que están reformulando su discurso territorial y su imaginario paisajístico. Los modelos de urbanización, las tipologías constructivas, los patrones de ocupación del suelo, la estética de estos territorios fuertemente transformados, de estos territorios densos y sin valores aparentes, se entienden mucho mejor en el marco de la globalización. Pero, ¿hasta qué punto esta globalización ha afectado y transformado el sentido del lugar de estos lugares, valga la redundancia, así como los valores tradicionales de sus paisajes? He aquí el primer reto, en estrecha relación con otro: el de la hibridación. 

II – DE LA NITIDEZ A LA HIBRIDACIÓN 

No hay duda de que la estructura y la morfología de muchos de los paisajes del país han cambiado radicalmente a lo largo de estos últimos años. Hasta hace muy pocas décadas, los distintos usos del suelo tenían unos límites relativamente nítidos: sin ir más lejos, se podía percibir sin demasiada dificultad dónde terminaba la ciudad y dónde empezaba el campo. Los núcleos urbanos se presentaban compactos. A su alrededor, el espacio agrícola ocupaba las tierras fértiles tanto de la llanura más inmediata como de las vertientes de las montañas más cercanas, donde se conseguía ampliar la superficie cultivable a partir de bancales y muros. En nuestras latitudes mediterráneas la zonificación rural, bastante compacta, era clara y consistía, partiendo de forma bastante concéntrica de los pueblos o de las casas de campo, en una zona de huerta, una zona de secano con cereales, vid y olivos, una zona de prados y de matorrales donde se practicaba el pastoreo extensivo y, finalmente, una zona forestal, el bosque propiamente dicho. 

En la actualidad, la estructura y morfología del paisaje de la mayor parte del territorio (también el rural, aunque menos) se caracteriza por una alta fragmentación. La zonificación característica del paisaje tradicional se ha transformado radicalmente y ha derivado hacia una gran dispersión de usos y de cubiertas del suelo. La antigua zonificación se ha difuminado, se ha perdido la claridad en la delimitación zonal, la compacidad se ha roto y ha terminado por imponerse un paisaje mucho más complejo, un paisaje de transición, un paisaje híbrido, cuya lógica discursiva es de más difícil aprehensión, hasta el punto de que nos obliga a preguntarnos a menudo si el genius loci correspondiente no ha huido de él; si no habremos cambiado realmente de lugar, de país, parafraseando la excelente obra de David LOWENTHAL (1998), The Past is a Foreign Country. De hecho, cuando se observan con detenimiento los fotogramas del famoso «vuelo americano» de 1956, uno tiene realmente la sensación de estar contemplando otro territorio, de habernos equivocado de país. 

Sea como fuere, he aquí el reto de la hibridación, siempre presente en los paisajes de frontera difusa, como son los paisajes de mutación intensa, los paisajes de la dispersión, los sprawlscapes, paisajes que ocupan amplias extensiones de territorio en forma de manchas de aceite y que transmiten una nueva concepción del espacio y del tiempo. La hibridación propia de las fronteras territoriales, de los paisajes periféricos a los cuales aquí hacemos referencia nos obliga a preguntarnos si podemos seguir concibiendo el lugar como una categoría geográfica (y ontológica) «pura», en el sentido de contener una supuesta y exclusiva homogeneidad y coherencia internas. ¿La hibridación puede generar lugares? Es probable que, hace medio siglo, la respuesta hubiera sido negativa. La tradición académica hegemónica en aquel momento (y en determinados círculos aún hoy) no habría contemplado esta posibilidad. Pero es que probablemente la pregunta no se hubiera planteado, no hubiera tenido sentido. Tampoco nos hubiéramos preguntado hace medio siglo si los lugares pueden ser móviles, o si los lugares (y especialmente los paisajes) pueden ser virtuales, y ahora nos lo preguntamos. 

Segundo reto, por tanto: la hibridación. Es realmente un reto entender la lógica de esta hibridación, hasta qué punto afecta, altera o genera lugar y hasta qué punto han desaparecido de sus paisajes los valores tradicionales. Sea cual sea la respuesta, el hecho es que la hibridación incrementa la sensación de efimeralidad, el tercer reto que plantean los paisajes aquí analizados y al que haré referencia a continuación.

 

Joan Nogué, Els Hostalets d’en Bas, 1958.

Catedrático de Geografía Humana, Universitat de Girona.

Ería: Revista cuatrimestral de geografía, nº73-74, 2007.

(c) Texto por Joan Nogué